lunes, 22 de marzo de 2010

La ria de Avilés solo conserva un 12% de sus espacios vírgenes


Los geólogos Germán Flor y Julio López Peláez elaboran un trabajo que revela cómo ha afectado en el último siglo la presión urbanística e industrial a las márgenes del estuario

El Puerto, las industrias, los aprovechamientos agrícolas, las infraestructuras de comunicación y los usos residenciales han devorado en el último siglo nueve de cada diez metros cuadrados del estuario primigenio de Avilés. De este modo, de los 14,2 kilómetros cuadrados que abarcaba el espacio estuarino en el siglo XIX -sobre una superficie municipal total que no llega a 26 kilómetros cuadrados- se ha pasado a una reserva natural de no más de 1,68 kilómetros cuadrados, estando confinada la mayor parte de esos terrenos en la zona de influencia de la playa de Salinas, amenazada de un tiempo a esta parte por un grave problema de pérdida de arena.

El avance del hormigón en dominios de la ría es perceptible, pero nunca nadie había cuantificado con métodos científicos el impacto de la mano del hombre en un conjunto natural que hace décadas destacaba, según los escritos de la época, por su riqueza biológica. Ahora, dos geólogos, Germán Flor y Julio López Peláez, arrojan luz sobre la gestión realizada en el entono de la ría; su trabajo forma parte de una investigación más amplia sobre los principales sistemas estuarinos del Principado.

López Peláez, profesor en el Colegio San Fernando de Avilés, y Flor, profesor de la Universidad de Oviedo, firman un estudio que elude hacer juicios de valor sobre lo acertado o no de las intervenciones llevadas a cabo en la ría de Avilés. No obstante, no escurren el bulto a la hora de hacer apreciaciones tan de actualidad como las referidas a las obras de ampliación que ejecuta la Autoridad Portuaria en la margen derecha: «Además de las alteraciones tan intensas realizadas con anterioridad en el estuario, se prevén actuaciones a corto y medio plazo con incremento de los dragados a batimetrías superiores a las máximas actuales (que alcanzan los 12 metros) y la construcción de muelles hasta las instalaciones de Alcoa». En otro de sus apuntes afirman que existe una relación directa entre los dragados en la ría y la erosión de arena en la playa de Salinas y las dunas de El Espartal.

Los investigadores recopilaron para iniciar su trabajo todo el material posible sobre el estado de la ría en el siglo XVIII y sucesivos. Uno de los documentos clave resultó ser el plano que hizo Pedro Pérez de la Sala en 1858 para encauzar la ría mediante dos malecones. Esas indagaciones permitieron a Flor y López Peláez dibujar el plano geomorfológico original del estuario. Según este documento, existían al menos ocho zonas marismales en la ría: Las Aceñas, Llodero, Laviana, El Estrellín, Recastrón, Sabugo, Las Huelgas y Cantos. De todas ellas sólo se conservan vestigios hoy de Llodero y Recastrón, si bien este último espacio está llamado a desaparecer porque encima se están construyendo los nuevos muelles del Puerto. Los geólogos identifican, asimismo, seis cauces fluviales de cierta importancia que vertían a la ría y desarrollaban meandros arenosos, algunos de tamaño notable como los del río Tuluergo, el río Vioño y el río Raíces. Este último atravesaba un enorme campo dunar hoy reducido al área de El Espartal. La influencia de ese campo dunar se extendía por el actual núcleo urbano de Salinas, San Juan de Nieva y Las Arobias llegando incluso a lo que hoy es el barrio de Jardín de Cantos.

La primera gran transformación del espacio estuarino se data en 1883, año en que se construyen vías para permitir la llegada del ferrocarril a Arnao. No tardaría en trazarse una carretera y construirse un embarcadero. Mientras, en Avilés (1835) comenzaba la desecación de marismas para ganar suelo urbano. Este proceso no cesaría a lo largo del siglo XIX, tanto en las marismas de Cantos como en las de Sabugo. Ya en el siglo XX, las necesidades del Puerto y de las industrias vuelven a poner en jaque las reservas naturales del estuario: dragado de la dársena de San Juan de Nieva y del canal principal de la ría (1908), instalación de la fábrica de ácidos en San Juan de Nieva (1918), construcción del muelle de Raíces (1935)... La llegada de Endasa y Cristalería Española en los años 1946 y 1948 supuso la «colonización» de vastos espacios del estuario y su relleno para fines industriales. Y aún faltaba Ensidesa. A estas alturas del siglo XX, según las cuentas de los geólogos, la zona de la desembocadura de la ría había perdido 2,64 kilómetros cuadrados de espacio natural (un 38,43% de su superficie total); la bahía arenosa situada en el entorno de Zeluán, 0,57 kilómetros cuadrados (un 32% del total); y la llanura de fangos del canal superior de la ría, 4,77 kilómetros cuadrados (85,95 por ciento del total). En conjunto, al estuario se le había recortado en apenas cien años la mitad de su superficie primitiva.

La presión urbanística e industrial se cebó hasta 1950 en la margen izquierda, de modo que la orilla opuesta conservaba aún en esa fecha espacios idílicos como las playas de San Balandrán y Zeluán y las llanuras arenosas de Llodero y Las Aceñas. Todo iba a cambiar con la construcción de Ensidesa, punta de lanza de la segunda fase de antropización de la ría. Esta nueva etapa se caracteriza por la expansión industrial y urbana a costa de las marismas y los espacios antes ocupados por fangos y llanuras aluviales. Los dragados se vuelven más intensivos y la falta de una conciencia ambiental justifica la voracidad urbanizadora.

La construcción de la dársena de San Agustín (1956), la desecación de Las Huelgas para edificar la Fabricona (de 1951 a 1958), el relleno de las marismas de El Estrellín para construir Endasa (1959), el cambio de usos de las marismas de Las Aceñas (1960), la ampliación del canal de entrada a la ría (1970), los nuevos muelles pesqueros y la lonja (1980), la ampliación de los muelles de Raíces (1994), las balsas de jarosita de Azsa (1995) y la ampliación de la dársena de San Juan de Nieva (2006) fueron, entre otras, intervenciones que borraron de la faz de la ría las últimas expresiones naturales que habían llegado a la segunda mitad del siglo XX. El resultado, traducido a números fue el siguiente: pérdida de 8,75 kilómetros cuadrados de estuario virgen en beneficio de usos portuarios e industriales y de otros 3,77 kilómetros cuadrados para fines urbanos. En total, 12,52 kilómetros cuadrados, lo cual deja un resto «inalterado» de sólo 1,68 kilómetros cuadrados. Parte de esta superficie se perderá ahora con la construcción de los nuevos muelles en la margen derecha.

A la vista de las conclusiones de su estudio, los geólogos no dudan en incluir el estuario avilesino en la categoría de altamente «industrializado». Y aun así, la Naturaleza, según aseguran diversos biólogos, adquiere expresiones de lo más interesante en rincones como la ensenada de Llodero, la charca de Zeluán y la playa de San Balandrán. Son los últimos edenes de la ría.

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