miércoles, 4 de marzo de 2009

Las tribulaciones del turista rural

Pedir tenedor para los percebes, quejarse porque no hay barandilla en Cabo Peñas o ir a Muniellos en tacones son anécdotas que protagonizan algunos visitantes
«¡Se está marchando el mar, se está marchando el mar!», exclamó en la cafetería del hotel Antón, en Tapia de Casariego, un joven alemán que, quizás inquieto por el desarrollo de la final de la Eurocopa entre Alemania y España, cuyo partido seguía en el establecimiento, y entre cerveza y cerveza, desconocía el ciclo de mareas del Cantábrico. Elisa González, que junto a su marido dirige este hotel tapiego, le calmó explicándole que «aquel fenómeno era algo muy natural» aunque no tanto como aquella pareja de turistas que, tras pedir percebes, reclamaron al camarero que les llevase cuchillo, tenedor y mayonesa para degustarlos.

Si bien es cierto que gran parte de las personas que acuden al Principado para disfrutar de sus vacaciones vienen bien informados sobre lo que quieren ver y dónde se encuentra el alojamiento que han buscado, no es menos verdad que hay una minoría de viajeros que sorprende a los propietarios de hoteles y casas rurales, por las ideas, en algunos casos, peregrinas, que tienen sobre Asturias, y en otros por la simpatía que genera ciertos equívocos y situaciones. Si hubiera que resumir que es aquello que más les sorprende es que «Asturias no es tan pequeña como creían y que no se puede ir de los Oscos a los lagos de Covadonga, en Cangas de Onís, en tres cuartos de hora; qué es eso de las mareas, por qué no han sido avisados de que las carreteras tienen tantas curvas, sin olvidar la obsesión de algunos por el carácter eminentemente "casero" de todos, sin excepción, sus productos».

Viene al caso aquí la anécdota que le contó a Elena Rico, propietaria de La Casa de Campo, en Lamuño (Cudillero), una amiga que regenta otro establecimiento rural. «Un día llegó una familia y tras entrar a desayunar empezaron a preguntar ¿y la mermelada, es casera? Sí, es casera, le respondí. ¿Y la mantequilla, será casera, no? Sí, sí es casera. ¿Y el bizcocho, es casero? Por supuesto, les dije. ¿Y los huevos con que está hecha esta tortilla son de sus gallinas? Sí, sí, de mis gallinas. Y cuando iban a preguntarme algo más les dije: aquí todo es casero, hasta la miel. Esta misma mañana estuve catando las abejas». En otras ocasiones sucede que el pueblo no es «suficientemente rural porque algún vecino tiene coche y éstos se ven en medio del pueblo», tal y como recuerda que le dijo una turista a Sofía Caraduje, propietaria de la casa rural A'Cantina, en Labiarón (San Martín de Oscos).

Elena Rico tiene muchas anécdotas, como la de la mujer que se fue a recorrer Muniellos con zapatos y volvió con los pies llenos de ampollas («si me lo hubiera dicho la habría avisado», recuerda esta hostelera); hasta los que se sorprenden porque en la casa hay moscas y mosquitos en verano, pasando por el caso de otra mujer que volvió indignada de que en el Cabo Peñas, monumento natural, no hubiese quitamiedos para asomarse, y aquella otra turista que pidió, tras llegar al establecimiento, que se le pusiese en el jardín y sólo para ella una hamaquita y una manguerita para refrescarse».

Otro gran error común es pensar que Asturias se ve en dos días y que las distancias son cortísimas. Así recuerda Nuria Santana Menéndez, propietaria de los apartamentos de El Bosque de las Viñas, en Boal, «a una pareja que vino de Alicante para pasar el fin de semana. Cuando llegaron por la noche después de 12 horas de coche les dije que podían ver el entorno, pero querían ir a los lagos de Covadonga y, aunque les avisé que eran muchos kilómetros, fueron igual y además no pudieron subir porque había niebla».

Caso parecido recuerda José Luis Pérez Peláez, propietario del hotel La Marquesita, en San Martín de Oscos: «Me llamó una chica de una agencia de Madrid y, a punto de contratar días de alojamiento para un grupo, me preguntó cuánto tiempo se tardaba en ir andando hasta Covadonga. Señorita, le dije, en coche casi tanto como a Madrid, ¿pero no tiene usted un mapa? Y me contestó: sí, pero es pequeño y aquí parece que está todo tan cerquita...». José Luis Pérez siempre avisa que lo del GPS «no vale en las zonas rurales ni mucho menos para ir de pueblos. Una vez una pareja de Valencia, por fiarse del GPS, llegaron destrozados tras entrar por Villablino e ir por Leitariegos, Cangas del Narcea, Puente de Infierno, Pola de Allande, puerto del Palo, Grandas de Salime, Pesoz y, finalmente, el hotel. Lo mejor ¡el mapa de siempre o llamar al dueño para que les indique la mejor carretera!».

El capítulo de las mareas es también destacable. Rico les dice a sus alojados que «al ir a la playa, se pongan donde vean a la gente de aquí, que no es como en el Mediterráneo. Y muchos, hasta que no lo comprueban por sí mismos, siguen poniéndose junto a la orilla».

Los niños son capítulo especial. Así recuerda Victoria Zarzero que junto a su marido, Jesús Bedia, regentan la casa rural El Castro, en La Caridad, el caso de un niño de cuatro años. «Estaba mirando las vacas y me dijo: ¿las vacas dan leche, eh?, sí, le contesté, y con la leche se puede hacer también queso y yogur. ¿Y cómo se hace el yogur?, me preguntó. Pues, la verdad, no lo sé, le respondí, pero seguro que tiene que ser difícil. El niño se puso muy serio y me contestó: seguro que lo más difícil es poner la tapa...».

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